La bolsa de té comienza su vida envuelta en un atuendo de papel. La bolsita verde o la roja, la de las frutas rojas de papel piramidal, la manzanilla entre sabanitas azules.

Su estación natal es el invierno; todas sus hojas secas y frías. Así es como se conocen al nacer, “secas” se piensan ellas durante todo su primera estación.

El medio natural de la bolsa de té es la familia. Aunque todas huérfanas, las bolsas son entre ellas hermanas y comparten su invierno a sabiendas de que para unas acaba antes que para otras. Este invierno conocido por nosotros, los observadores, como un estado pasajero es para ellas el principio y el fin de todo lo conocido. Ninguna de las veinte hermanas vuelve jamás a vivir un invierno, ninguna de ellas vuelve para contar que ocurre tras ser arrancada del angosto pero acogedor y siempre perfumado hogar.

Lo cierto es que a la bolsa de té no solo se la deseca sino que también se le borran las pequeñas gotas de recuerdos que recogen en su primavera, estación de su verdadero nacimiento. Todo se queda ahí donde para ellas nada existe, el único sentido despierto, el que les recuerda su condición de té, es su propio aroma y el de sus hermanas.

Su misión en la vida les es desconocida. Deleitan su existencia en oler y adorar a sus hermanas; el color de su envoltorio; los diminutos relieves de sus bordes; la suavidad del roce las unas contra las otras. No esperan nada, sin embargo conocen lo inevitable; uno de los pocos recuerdos que no se deja secar es el recuerdo de la pérdida; huelen el ambiente y esperan ansiosas a que la pérdida absorba para siempre a una de ellas. La extracción ocurre de forma aleatoria, pero, carentes de lágrimas, son incapaces de llorar. El no saber quién seguirá a la última hace que se huelan con más intensidad, tejen sus recuerdos en medio del frío y la sequedad, disfrutan de su invierno, largo, eterno pero finito; convencidas de que así es la vida, de que eso es todo.

La bolsa de té se desprende de sus hermanas al término de su estación particular, aprovechado a su manera, siempre diferente al de sus hermanas, pero siempre igual. Es la primera vez que entra en contacto con otro ambiente, con otros perfumes. Su mundo se abre, se expande. Claro, ya está demasiado lejos de su hogar como para contar los olores, los relieves, los colores, el mundo. Esta experiencia queda para ella sola y sabe gozarla en la medida en que gozó de su invierno.

La transición convulsa entre una estación certera y la estación insospechada se rompe cuando la bolsa de té se hunde involuntariamente en el denso calor de la humedad. La sorpresa del principio, la angustia del ahogo se disipa; la bolsa de té asume con dignidad su desaparición y al hacerlo deja al instante de desaparecer para flotar en la explosión de su propio perfume.

La bolsa de té entonces florece por segunda vez, ahora a la estación del verano; sus pequeñas hojitas se hinchan y reconocen el éxtasis de sus recuerdos recuperados, su origen y la larga estación de la primavera que fue una progresión al olvido de la sequedad. Su invierno no fue gélido, ni siquiera improductivo, fue simplemente prolongado y aislado de todo un ciclo vital. La comprensión de su alrededor es completa; fluye y flota y se deja recorrer por el líquido ardiente que se balancea, se mezcla y se une con su misma esencia. La bolsa de té es también líquido y hojas y el observador que la bebe, y sus labios, boca y garganta extrañamente frías y húmedas al mismo tiempo. Dentro de este entendimiento ella asume como misión la de contagiar el verano en el progreso de su expansión.